El camino hacia la levedad, hacia
la luz, hacia la soltura, cada vez soy más creyente, es un camino hacia la
integración de la oscuridad. Transmutar nuestra oscuridad, y sacar a la luz
nuestros demonios internos, es tal vez uno de los artes más elevados a los que
hoy tenemos acceso como seres terrenales. Además, vale recordar la delicadeza
de la línea que separa el integrar un lado oscuro, y el de reforzarlo.
Es bien distinto estar riéndose
de uno mismo y de nuestras ganas de abusar de alguien, luchando internamente
por transmutarlo, a estar haciendo el chiste influenciando a otros, reforzando
una falsa identificación con la oscuridad.
Desde tiempos inmemoriales
sabemos que “como es adentro es afuera”. ¿Cuál es la actividad que nos permite
trabajar nuestra transmutación de la oscuridad? Limpiar nuestros ambientes,
ciclar nuestros residuos. Limpiar y limpiar. Lo que se ensucia se limpia, lo
que no sirve, se arregla.
Hemos puesto tanto empeño en tercerizar
aquello que no nos gustaba hacer, que nos olvidamos y dejamos de lado el
trabajo con nuestro lado oscuro. Los residuos los enterramos, la limpieza la
hace una empleada, los insectos, mejor no verlos. Mejor afuera, mejor bien
lejos. “¡Qué asco!” ¡Exclamamos! Y nos olvidamos de abrazar ese lado nuestro.
Lo reprimimos tanto, lo dejamos
tan afuera, que celoso y descontento hoy vuelve con más fuerza que nunca, a
reclamar el lugar que le corresponde. Comida con veneno, basura por doquier, y
un gran desorden que nos obliga a crecer. Lo que no aceptamos, vuelve, una y
otra vez, hasta que lo integramos, y así lo soltamos.
Podemos pagarle a empleadas,
podemos seguir enterrando los residuos, podemos seguir haciendo muecas de
disgusto ante los insectos y los malos olores, ahora, recuerden, que eso
también es parte nuestra.
Dominar e integrar la oscuridad
es un trabajo de toda la vida. Es una fuerza que nos impulsa y nos ayuda a
transitar la realidad, sin embargo es bien distinto transmutar, que reforzar.
Lo que se resiste, persiste.
Amate
