Desnudarnos. Desvestirnos y luego volver a vestirnos. Siento que cargamos con trajes bien pesados. Con vestimentas muy viejas que nos tienen un poco atados, atrapados. Y de tanto andar y con tanto peso, podemos ver miradas gastadas, jóvenes y viejos, bastante cansados.
Tal vez tengamos frío, y para calentar el corazón hayamos resuelto abrigarnos. Sin embargo creo que puede llegar a ser al revés. Puede que de tanto cubrirnos, terminemos por ocultarnos, apagarnos.
En las ciudades la vida no es nada fácil. Es como se anduviésemos detrás de una gran mentira. Una especie de sueño americano. Somos muchos, con pocos sueños y en poco espacio. Algunos van con su fueguito, otros con su hoguera, unos rápido y otros más despacio. Lo que si está claro es que vamos cargados.
Cargados en la cara, cargados en la mente, cargados en el corazón. Somos como barquitos de papel que orbitan de remolino en remolino hasta encontrar la próxima turbulencia, rozando la demencia.
Y todo tiene carga, esta pesado, llevamos tapados de cuero, aunque sea verano. Llevamos excusas aunque podamos darnos la mano. El templo de la creatividad esta vacío. Sus peregrinos son pocos y la mitad de ellos todavía no saben para que creen, para que crean.
Algunos van desolados, y algunos son millonarios, algunos de esos también desolan, y son los que más cargados están.
Pero lo que casi nadie, y muy pero muy pocos se dieron cuenta, es que en el templo de la creatividad, pueden encender su fuego, quitarse así gran parte de su ropaje, e ir por la vida con una sonrisa, contagiando, más livianos. Además, es gratis.
Que vivan los magos.