Cuando todo haya pasado, miraremos hacia atrás satisfechos. En paz si es que lo hemos dado todo, y hemos sido coherentes entre nuestros dichos y hechos.
Con los cuerpos corroídos por el tiempo, y las mentes descansando del pensamiento. Satisfechos de haber sembrado una vida de buenos actos y de no haber acumulado resentimientos.
Habiendo entendido y perdonado, un mundo lleno de traiciones y descuidado. Siendo conscientes de que heredamos una tierra herida y abusada, una humanidad maltratada y esclavizada.
Y que nosotros, siendo menos que un grano de arena, en un universo tan inmenso que aterra, a pesar de dicha insignificancia, tratamos de sembrar lo bueno. No siempre siendo coherentes, algunas veces pecando, otras ignorando, pero por sobretodo, siempre intentando acertar.
De a ratos nos descuidamos, de a ratos nos caímos, de a ratos nos maltratamos, sin embargo siempre supimos darnos la mano, levantarnos, sonreírnos, consolarnos. Formando grupos y amistades con quienes vinieron a enseñarnos, para integrar nuestras sombras de la mejor forma posible, y abrazar todo eso que tanto nos dolía.
Fuimos infiltrados, un grupo de seres que en silencio, sin buscar reconocimiento, y dando por dar, por la alegría de ser y compartir, sembramos, y sembramos, sabiendo que muy pero muy pocas de esas semillas iban a germinar.
Algunas siembras nos salieron bien, y germinaron de maravilla; vida, buenos proyectos, otras no tanto, desperdiciando infinidad de energía. De todas formas, nosotros, sabiendo que mañana el mundo se acababa, seguíamos sembrando.
Cuando todo haya pasado, el juicio será con nosotros mismos, y cada uno sabrá si perdonó lo suficiente, si amo lo suficiente, si disfrutó lo suficiente, si sembró lo suficiente.
Cuando todo haya pasado, cosecharemos lo sembrado.
Cuando todo haya pasado, la verdad habrá ganado.