Empezaron a florecer, a brotar. Pequeñas creaciones e imaginaciones.
Como brazas encendidas que de a poco se van reavivando.
Como pequeñas partículas, sueños, átomos que se van juntando.
Ideas, sueños, suspiros, amores, colores, formas, sabores, que se atraen.
Colapsan, se hacen densos, con den san.
Así como se forma la gota, así como se forma la estrella, así como se formó la tierra.
Poco a poco se fue catalizando. Como letras que forman una palabra, como miles de voces, charlas, realizaciones, escritos, otra vez sueños, e intensiones que se van fusionando.
Empezaron a nacer mundos internos, nuevas explicaciones de la realidad. Se empezaron a dar cuenta de su poder creativo.
De que tenían la capacidad de alimentarse con sus manos. De crear sus propias comidas. De arreglarse sus prendas, de reciclar sus deshechos. De arreglar sus bienes. De ayudarse con sus vecinos. De volver a hablar con ese familiar olvidado.
Empezaron a recordar. A redescubrir todo aquello que nos hace humanos. Todo eso que nos une, que nos hace hermanos.
Algunos se dieron cuenta de que las religiones dicen lo mismo. Escribieron y lo compartieron.
Otros desde el arte, empezaron a expresarse.
La música empezó a sonar más que nunca.
La tele ya sonaba ruidosa, y hasta difunta.
Esos deseos y viejos anhelos, empezaron a revivir, a resurgir con más fuerza, pidiendo salir.
Se formaron nuevas parejas, y se rompieron las desparejas.
Fue el impulso que necesitaba el despertar. Habíamos estado muy dormidos, por mucho tiempo. Finalmente se puso en marcha, una ola de sanación masiva, un movimiento al que se le llamó la resurrección. De la vida.
