domingo, 27 de agosto de 2017

No preguntes boludeces

Mi nombre es Martín, tengo 30 años y estudié Ingeniería Industrial en la mejor universidad que pude. Elegí el camino difícil, el resto ya lo tenía bastante fácil. Mi familia no me causó muchos problemas más que los típicos de padres que quieren lo mejor para sus hijos.


Crecí con hambre de saber. Quería entender porque pasaban las cosas, cómo era que funcionaban. Crecí y crecí, estudié todo lo que pude. Siempre fui ambicioso y busqué los desafíos más difíciles que encontraba, es lo que me hace feliz, apuntar al cielo, de última, que puede pasar, a lo sumo pierdo algunas balas… en el entretiempo… todo es aprendizaje.


Avancé y cada vez me hacía más preguntas, encontraba algunas respuestas sin embargo, las preguntas cada vez eran más: ¿Para qué hago lo que hago? ¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Porque la gente no sonríe por la calle? ¿Porque solo me conecto con la naturaleza en las vacaciones? ¿Dónde quedó todo lo bueno de la infancia? ¿La vida adulta es sufrimiento?


Y seguí avanzando, convencido de que las preguntas iban a llegar. En el año 2013 me pasó algo que no esperaba. Me encontré solo, en una país ajeno, viviendo una vida que no era mía. Me encontré con que había llegado al final de un camino. Me encontré con que me había olvidado de aquello que me hacía feliz, y de que había mucho en el mundo para hacer, de que el tiempo se me escurría entre las manos como agua, y de que podía ayudar mucho poniendo mi tiempo y energía tratando de desenredar el nudo.


El nudo es ahí donde confluyen los hilos. Es ahí donde los efectos se hacen causa y parecen entrelazarse en uno mismo. ¿Qué es lo que está destruyendo a nuestra especie? ¿Para qué estoy vivo? eran las preguntas que resonaban con más fuerza.


Al parecer todavía resuenan. Sin embargo, a una de ellas ya la estoy desarmando, y por si eso fuera poco, la segunda pregunta tiene que ver con la primera.


Por un lado me empiezo respondiendo, que al no saber nuestros propósitos, andamos medio perdidos, buscando. Buscando para donde ir, buscando nuevas preguntas, buscando el SENTIDO.


Sabemos que hay un mundo mejor, y que podemos ir hacia él. Sabemos que tiene que ver con un día de sol, con muchos árboles y lleno de verde. Algunos lo pintan con montañas, otros con praderas, y muchos más con playas desérticas.


Yo por otro lado estoy un paso atrás, yo ando pensando en las ciudades. En nuevas ciudades verdes construidas casi completamente por materiales naturales. Por mecanismos que no usan energía y que cuidan al planeta de principio a fin.


Ando pensando en una sociedad del conocimiento conectada con la tierra tanto como con sus placeres terrenales. Una sociedad que considera a los bienes materiales como medios con los cuales se viaja, y que finalmente entendió que de la vida no nos llevamos nada, más que las sonrisas que dejamos, y las bocanadas que aspiramos.
Poder se puede, imposible no es nada, ya está escrito, incluso Adidas lo usa para vender sus prendas. El problema de las palabras es que siguen siendo palabras. Hasta que no sentís que te tiembla el corazón por algo, es difícil que sepas lo que es vibrar por un sueño.


El mío ya está perdido, se enamoró hace rato. Ando pensando en estas futuras ciudades noche y día. En cómo construirlas, quienes lo harían, la cantidad de recursos que demandarían, y la tremenda reacción en cadena que tiene que darse para que miles y miles de soñadores se encuentren para trabajar en conjunto por ese nuevo mundo.

Yo soy solo uno. Un pibe que recién está arrancando su vida, que empezó a despertarse de a poco. ¿Qué si voy a llegar? Ni idea. ¿Qué si me estoy pegando palos? Muchos. ¿Qué si estoy solo? Cada vez menos. ¿Qué si estoy loco? Cada vez más. ¿Qué si pienso que se puede? No preguntes boludeces.

lunes, 21 de agosto de 2017

Lo que me precede.

Las mejores cosas de la vida, son aquellas que las palabras no logran alcanzar. Lo sé, soy un necio, voy a intentarlo una vez más.

Imaginate que estabas sumergido en un sueño, en una vida completamente automatizada, en una vida cotidiana sin principio ni fin, monótona tal vez, con algunos altibajos, sin embargo sentías que te faltaba el aire.

En eso, de repente, un día como cualquier otro, sentís que te estas ahogando, decidís sacar la cabeza fuera del agua, y tomar una bocanada del aire más fresco que habías probado jamás, y empezás a respirar, te gusta. Querés más.

Empezás a cambiar tus relaciones, empezás a modificar tus elecciones, poco a poco sentís como capa tras capa, te vas descascarando, como una madera vieja que va perdiendo su barniz.

Te das cuenta de que ya no necesitas esas capas, y de que querés exponerte, querés dejar tu madera a la intemperie, y te empieza a gustar, le vas agarrando el gustito a soltar.

Soltando por acá, soltando por allá, cada vez buscas menos ese reconocimiento en los demás, y descubrís que podés dártelo a vos mismo, que dentro tuyo hay una fuente ilimitada de sabiduría, y de que si la escuchas, la cuidás, y te conectas, aparece un vos tan verdadero, que asusta.

Asusta tanto, que te sirve para ver quien realmente se ríe de tu locura, y a quien le da miedo. Asusta tanto que te da risa, y podés usarlo no solo para sanarte a vos sino también a los que te rodean.

Te vas rodeando de gente que se siente familia, te vas rodeando de verdaderos maestros, de seres que están buscando lo mismo que vos, y que a cada una de tus acciones, le devuelven una verdad que te sirve para seguir descascarándote. Es maravilloso, lo disfrutas, estás empezando a bailar.

Ya no estás bailando solo, estás acompañado, y ahora cada vez más, podés respirar de ese aire que te da vida, hablar verdad, y soltar todo eso que no sos vos.

Te empieza a pasar de todo, desde amenazas de viejos amigos, descubrir nuevos dones. Te caes, te levantás. Cada vez entendes más a Stallone en Rocky diciendo que lo importante es el volverte a levantar. La vida se hace sueño, y el sueño se hace vida.

Tenés ganas de aprender como nunca antes. Te comés los libros. El conocimiento te es natural, lo sentís, lo explorás, lo amasas, lo unís, lo pulís.

Te das cuenta de que las religiones, dicen todas lo mismo. Que si Buddha y Cristo hubiesen nacido en la misma manzana, hubiesen jugado a la pelota como dos niños.

Te drogas, te lastimas, te caes, explorás, te equivocas. Te estas permitiendo volver a nacer. Se te parte la cabeza al medio. Empezás a entender lo que significa pensar. Además te das cuenta de que tu cerebro es una máquina sin igual. Te dan ganas de cuidarte. Sos único, tenes dones, tu tiempo vale oro. Madurás.

Cuánto más aprendés, más te podés mejorar. Cuanto más sabes, más podés enriquecer a tu entorno, te reconocés como un ser que se nutre de conocimiento, y querés compartir lo que te pasa, querés que se multiplique. Querés que la fiesta sea para todos.

Te reís solo por la calle, bailás en los transportes públicos. Cada oportunidad que tenés de deslumbrar la tomás. El tiempo apremia, y sabes que “antes de expirar, que mejor que inspirar”.

El que sos ayer, no es el mismo que sos hoy. Te estás expandiendo. Cambiás tus palabras, cambias tu forma de ver y de hablar. Aprendés a ser paciente. Empezás a desarrollar una visión clara, que te permite perdonar y entender que cada quien tiene su camino, y que la maldad es una palabra tan maleable como un hierro que se dobla, como agua que se puede limpiar.

Esto recién empieza, el barco recién está zarpando...

¿Qué es lo que estás esperando,

para dejar de escuchar a tu mente que se está quejando,

y empezar a bailar con los locos, que ya no son pocos,

que hace ya un buen tiempo,

que vienen emanando desde su propia fuente,

aumentando la vibra como un torrente,

que tarde o temprano, de hermano a hermano,

están poniendo en marcha una reacción en cadena,

que va a partir la realidad al medio,

soltando un pedazo de energía,


que va a limpiar todo aquello que es VANO?