Te despertas. Estas volando.
Estas soñando. Te sentís más liviano. La sangre te late por la carne. De
repente tenes claridad. Entendes lo que pasa a tu alrededor. Sos psicólogo,
sociólogo, ingeniero, físico cuántico, biólogo, escritor, actor, orador,
deportista, medico, abogado, sos todos, en uno.
No hacen falta las explicaciones,
las leyes que rigen la realidad son las mismas. Y las empezás a entender.
Empezas a entender la raíz de las cosas, las relaciones, por eso, podés ver
toda la planta. Sos toda la planta. Sos lo que te rodea, te empezás a conectar
con tu entorno.
Sentís el aire que te roza,
sentís los sonidos que te rodean, tu visión es filosa, baja el volumen de los
miedos.
Tu ser se expande, como el humo
en un cuarto, y envuelve a tu yo, lo abraza, lo acoge, lo tranquiliza. Le
susurra al oído que todo va a estar bien. Que la vida es un juego y que estas
acá para aprender, enaltecerte a vos y a los que te rodean, y que estas actuando
una película que es la que vas a ver en tu lecho de muerte.
Entendés que cada día es un
segundo de esa película, y que es importante que a cada segundo estés enfocado,
prestando atención, sintiéndote, sintiendo a los que te rodean, sonriéndoles, y
dándoles lo mejor de vos para que todos juntos caminen más liviano.
Es un sueño hecho realidad, es la
posibilidad que tiene el alma de sentir la carne, el tacto, el contacto,
aprender, nutrirse, y abrazar la dualidad; unión y división.
Tu capacidad de sorprenderte
aumenta, te maravillas por los detalles. Encontrás música donde antes solo
había ruidos. Valoras el silencio. Entendés lo necesario que es callarte la
boca, para escuchar al otro, para dejarlo ser, para maravillarte ante su arte,
porque además de estar vivo tejiendo tu película, te rodean otros, que están
hilando la suya. Y el tapiz lo están armando todos juntos, cada uno con su
hilo, cada uno con su tela, con su color, con su grosor.
A veces el tapiz se rompe, a veces
se agarra fuerte. Hay hilos más finitos, hilos más gruesos. Hay parches de
seda, y hay espacios vacios. Hay lugares quemados de amores pasados. Hay
diversidad, hay historia, es una obra. La del universo. Es nuestra historia, la
de la humanidad.
Es la historia de seres que van
haciendo lo mejor que pueden. A veces se tropiezan, a veces caen, a veces se
enojan, se olvidan bastante, y ahora recuerdan. Recuerdan que todos venimos del
mismo lugar, y vamos al mismo lugar. ¿Dónde queda? Ya ni importa, lo que
tenemos es el presente, que mejor que exprimirlo.
Empezás a prestar más atención a
las letras de las canciones, y descubrís que muchos artistas te están diciendo
lo mismo, te están susurrando en sus composiciones, una religión sin dios, una
religión que viene de adentro, una religión que sos vos.
Cada vez despertás más, y el
sueño se hace cada vez más real, es la parajoda de los que prestan atención. La
prestan y la depositan donde ellos quieren, como un regalo. Empezás a ser dueño
de vos, los miedos se diluyen más aun. Te das cuenta de que sos un sanador, de
que tenés una misión, y que tu visión, guiada por tu corazón, ya no se nubla,
ya no hay razón.
Así que sigamos componiendo, ese
tapiz de vibraciones de todos colores, de todos sabores. Aceptemos que a veces
es rico y a veces amargo, a fin de cuentas, este gran experimento, parece un
invento para seguir conociendo, uniendo, latiendo, siendo, queriendo, amando,
enlazando, peleando, llorando, mimando, aunando, sintiendo, pensando, armando,
rompiendo, temiendo, expandiendo, explotando, llenando y vaciando. Vaciando.