Siento la soledad. La siento bien
adentro. En el fondo es un regalo. Debe ser el regalo más lindo que existe.
Porque a su vez es bien real, se siente en la carne, en el pecho.
La soledad es un polo, por eso es
que a la vez habla de la unidad y la totalidad. Es un vacio inmenso, intenso.
Siempre me gusto mirar al vacio. Como cuando te paras frente a un precipicio y
de repente valoras más que nunca a la vida. Es por ese vértigo de mirar a la
muerte a los ojos. Es eso. Es eso lo que te hace sentir vivo. Por eso la
soledad me hace sentir y valorar mucho la compañía. Salto de un extremo al
otro. De estar bien solo, a estar rodeado de almas vibrantes que me arropan y llenan de sonidos el tiempo.
Siento que no me puedo abrir del
todo. Cada vez que me abro la gente que me rodea se asusta o me critica. Cada
vez que muestro el genio que tengo dentro, recibo agresiones, violencia.
No, no me digas que es un invento
mío. Si, se que suena a soberbia. Te juro que no lo es. Todos tenemos un genio
dentro, todos nacimos para ser increíbles, pero en algún punto dejamos de
creer.
Y las miradas se sienten, se
sienten en la piel, son como un balde de agua fría. Sobre todo las miradas de
miedo, esas casi que pueden cortar el aire, como si generasen vacio. ¡El mismo
que el de la soledad!
Qué paradoja esta realidad. Yo sé
porque funciona así. Entiendo que el diseño es perfecto y que esta
configuración es la necesaria para que sobrevivan los fuertes. O para curtir
fuertes, porque son esos mismos fuertes, los que después brillan mucho más.
¿Cuántos habrán quedado en el camino? Supongo que todos los que no están
brillando. Son muchos.
Bueno, este es el desafío que
toca, lo afronto, no queda otra, la víctima no juega acá. Pero es jodida la
soledad, te persigue banda.

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