Poco a poco, a medida que avanza el autoconocimiento, a la vez que la vida se vuelve más profunda, más simple y más compleja a la vez, siento como si me estuviese volviendo algo cirujano.
Que gran desafío es tener la habilidad de distinguir cuando lo que tenemos dentro es una maleza, y cuando una flor. El problema debe de ser que a veces las confundimos y nos castigamos de más y nos amputamos las flores o nos relajamos de más y dejamos que la maleza crezca demasiado.
En estos años de práctica, años de hacer analogías mentales, de tratar de entender como funciona el jardín del corazón, llego una y otra vez a las mismas conclusiones. Bien simples. Bien básicas. Todos los jardines son jardines, y funcionan como tales.
A veces es mejor y más fácil regar, fertilizar y hacer crecer aquello que preferimos, y a eso que no queremos, que nos quita energía, o que no nos hace bien, simplemente retirarle nuestra atención. Recordemos que lo que se resiste, persiste. Algunas yerbas, cuando tratamos de arrancarlas, se vuelven más fuertes, mientras que del otro lado, aquellas flores que tanto disfrutan con nuestra atención y cuidado, nos miran con recelo y esperan de nuestro cariño, nuestra atención.
He escuchado alguna vez, hace no mucho a algún maestro diciendo que menos malo sigue siendo malo, sin embargo, un poquito de lo bueno, simplemente es bueno.
Apuntémosle al centro. Hagamos florecer el bien, el planeta y las generaciones futuras nos lo van a agradecer.
Que vivan los magos.