Venir a la tierra. Cumplir un propósito. Ayudar a que la paz reine sobre el planeta. ¿Será verdad? ¿Estaremos llevando a cabo misiones tan grandes? ¿Cómo y en que momento elegimos desafíos tan grandes para nuestro alma? ¿En que momento dejamos de ser artistas? ¿Cómo uso todos estos dones y los convierto en realidad? ¿Será cierto que llevo un maestro interior que me puede guiar hacia la paz y la iluminación?
La lista es interminable. Las preguntas son eternas. Después de la agitación, lo que decanta es esa sensación que queda en el corazón. A veces es amor y a veces es guerra. Cuando es amor tratamos de que se expanda, de que haga eco. Cuando es guerra, mejor apagarla, mejor que no se prenda fuego.
La guerra se va apagando. Ya no le queda mucho. Anda medio renga. Ya son varios siglos de andar y de andar. Se viste, la desnudan, la maltratan, la golpean, se vuelve a vestir, con toda su ropa importada, con todas sus armas de última tecnología. Su carga es pesada. Carga con la vida de miles de niños. De familias. De padres y de madres, de ilusiones, de sueños. Es un fuego viejo que todo a su paso lo consume y cuyo solo propósito es la destrucción, la ceniza, la muerte. De hecho deben ser primas ellas dos. Creo que se reparten las mismas cartas y hacen negocios juntas. Y sentada del otro lado de la vereda, las mira la paz. Jugando sola. Tal vez está meditando, tal vez está creando alguna planta nueva.
Y cada uno sigue en la suya. Con su propia verdad. Con su propio propósito.
Que vivan los magos.
Que vivan los magos.
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