Perdón. Así con acento en la "o". Una vocal cerrada que cuando la cantamos lleva la energía del cuerpo al estomago. Es una palabra fuerte. Una palabra con la capacidad de sanar, de curar, y mucho.
Creo que el perdón es algo que nunca terminamos de entender por completo. De hecho a veces pareciese que lo usáramos casi como si fuera un recurso escaso. Supongo que en un mundo lleno de heridos como este, es probable que lo sea.
Sin embargo nosotros en cuánto al perdón, por suerte somos como nuestro propio banco central, somos como la reserva Federal de los Estados Unidos, podemos emitir todo lo que queramos, y es más, creo que no se devalúa. Siempre y cuando sea con sinceridad. Siempre y cuando tenga un eco en los mares del corazón. Caso contrario es vacío, no sana, se nota, queda feo.
Cuando perdonamos, en verdad, no lo hacemos por el otro, lo hacemos por nosotros mismos, es casi un acto egoista. Es egoista y a la vez altruista. Decidimos otorgar, invocar al perdón para librar al otro del daño que nos causó. Lo estamos diciendo "Che, tranqui, no pasa nada, yo me puedo curar, guarda tu navaja, trata de no volver a hacerlo, sos libre". Lo liberamos. Puede volar. Se siente más liviano. Es más sostenible. El vínculo se sana. Volvés a tu casa con una sonrisa.
Cuando perdonás, te perdonás. Dale ¡Soltá!
Que vivan los magos.
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