Me despierto, abro los ojos, la luz está entrando por la ventana y el sol está a punto de salir. Estoy semi tapado por las sábanas y desde afuera entra una leve brisa que acaricia mi cuerpo. Me siento liviano, descansado, fresco. Respiro bien hondo, agradezco estar vivo y casi de un salto, me levanto.
Voy al baño, orino, me quedo pensando en mis sueños. Paso al living, me asomo al balcón, respiro un poco de aire fresco, me distraigo con la compostera, miro a ver si junto lixiviados.
Vuelvo al living, me siento. Me pongo a escribir un buen rato. A bajar mis pensamientos, a esclarecer mis ideas. Todo fluye bien despacio, nada me apura. Pienso con mucha calma en los problemas laborales que tengo para resolver, con la certeza de que van a ser resueltos. Les dedico un flujo de pensamientos menor. Están en segundo plano mientras mi cabeza se aclara, los problemas se van desmembrando solos, desenredándose, disolviéndose. Todo de a poco, decanta.
Termino de escribir y me siento a meditar, a respirar unos 20 minutos. Me relajo, me concentro en mi cuerpo, en sus distintas partes, trato de amarme todo, todo lo que puedo.
Termino y agarro la guitarra. Estoy contento, ando con ganas de descubrir nuevos acordes, vamos a ver o escuchar, que tienen las cuerdas para enseñarnos hoy. Me quedo con la guitarra, perdido tocando, inventando algún mantra que me llene el alma.
Y ahora, me voy a sentar a meditar en un rato, y mañana termino de escribir mi mañana ideal. Son las 7:20 de la mañana, todavía tengo 2 horas para amarme antes de que empiece el día. ¡Voy a aprovecharlas! ¡Buen lunes!
Que vivan los magos.
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