Estoy en ese momento. Justo en ese momento en el que estás perdido. No hay nada ni nadie que te pueda decir que hacer. Hay algunas señales, algunos mínimos gestos que intentas interpretar. Estás ahí como tanteando a ver que te propone la vida y por otro lado mirando para dentro tratando de charlar con tu corazón, con tu niño interno a ver qué es lo que quiere. A ver para dónde quiere encarar.
Llegó el invierno y la sensación es de escasez. Qué feo momento para la escasez. ¿Justo ahora, justo en invierno? Mal timing amigo.
La confianza y la fe están intactas. Tenemos cosas a favor y bases sólidas. Sin embargo el mundo es aterrador. Es TAN complejo, es tan poco nosotros. Esa distancia, ese “no encajar” es paralizante, no nos deja movernos.
De las noticias, de la economía, de las informaciones que nos llegan del mundo, mejor ni hablemos. Ahí me construí una coraza bastante gruesa, se parece más a una atmósfera ya. Es una capa de escepticismo. En todos estos años descubrí que el mundo está bastante cargado de mentiras, y que muchas veces sacamos conclusiones o terminamos asumiendo cosas que no son verdaderas. Mejor ni me gasto.
Intentar sembrar verdad en un mundo lleno de mentira parece una misión imposible. Lo más raro de todo es que no hay nada que hacer, es más el trabajo de ser genuinos y fieles a nosotros mismos. No es que haya mucho que hacer.
Siento que doy vueltas en círculos. Círculos que parecen ser cada vez más chicos. Y con el tamaño se achica todo, se achican mis posesiones, se achican mis anhelos, se achica mi economía. Sabe a muerte, a contracción.
Así y todo sigo agradeciendo, intentando fluir y seguirle la corriente al universo. Lo que viene es un misterio total y cada vez estoy más entregado. Cada vez me siento menos atado.
También me recuerdo que todo es un juego, que estamos acá para aprender, para integrar experiencias, que todo lo que tenemos, incluyendo esta vida, es prestado. Y que lo importante es usarlo para bien, y seguir sembrando lo que soñamos.
Que vivan los magos.