Están todos en guerra. Los que tienen porque sienten que no pueden tener más. Los que no tienen porque sienten que a ellos nunca les toca nada.
Lo difícil no solo es eso, sino que la culpa es del otro. Cosa que ya sabemos, cosa que es vieja vieja como ella sola. Seguimos tropezando con las mismas piedras. Seguimos cayendo en las mismas trampas.
Qué delgada es la línea entre el límite y la compasión. Por un lado te doy y te ayudo, pero por el otro te tengo que decir que no, que hasta acá está bien. Que no puedo darte más, que te estás relajando.
Tenemos que ayudarnos, pero que esa ayuda no se convierta en abuso del que la recibe. Tenemos que exigirnos, pero que esa exigencia no se convierta en abuso, del que la pide.
Y todo el tiempo la línea se desdibuja. A veces cae de un lado, y a veces del otro. Son como olas, momentos de tensión que vienen de a ratos.
Como una energía que nos atraviesa a todos, y que nos toca ahí, ahí donde nos duele. En esas heridas pasadas, esas heridas ancestrales que todos traemos.
Es como una onda que viene cada tanto y nos prueba, a ver como reaccionamos, a ver que tan bien estamos cuidando de nuestras heridas.
Nos confundimos, creemos que el otro es nuestro enemigo. Nos distanciamos, no sabemos hablarnos. No logramos entender lo que nos pasa y reaccionamos atacando.
Ya no se ni si probamos, o si nos estamos arrastrando, dejándonos llevar por esas olas que nos viven tambaleando.
Confío en que algún día las vamos a ver venir, en que nuestras miradas van a ser más sinceras, y que en vez de enfrentarnos, o insultarnos, vamos a lograr conectar, darnos la mano, y barrenar esa ola, dejándonos llevar, disfrutando.
Que vivan los magos.
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