Creo que lo tengo. Creo que lo entiendo. Creo que puedo.
Las palabras son vibraciones, son un código. Un código que usamos para expresarnos. Una de las tantas formas que tenemos para abrirnos al mundo.
“Abrirnos al mundo es amar” lo escuchaba decir hace poco a Jacob Collier en un Tik Tok. Me dejó pensando, me quedó resonando. Que cierto que es.
Cuántas veces me abrí y cuantas veces me lastimaron. Ahora estoy un poco más cerrado, lo admito.
Y escribir también, es una forma de abrirme. Escribir me permite contarte lo que pienso, contarte como me siento.
Es una forma ordenada de bajar a tierra los pensamientos.
“Les pedimos que aprendan a escribir para que aprendan a expresarse, para que aprendan a ordenar sus pensamientos”, les decía en una exposición a algunos alumnos la semana pasada.
Las palabras y el hablar son un portal, crean realidad decía Aubrey Marcus en su instagram hace algunos meses. Que cierto que es.
Cuando hablo estoy creando realidad, la estoy definiendo, estoy creando futuro. ¡Qué valiosas son las palabras y que poco las valoramos!
Hablar es riesgoso, hablar nos define, nos expone, le dice al mundo quienes somos, como pensamos.
Sería bueno recuperar la sacralidad de las palabras, volver a respetarlas. Hablar menos, darle más espacio al silencio. Darle más espacio al vacío.
Tomar consciencia de eso que contiene a las palabras.
Tal vez el silencio sea ese espacio, ese vacío, en dónde las estamos sembrando. Y si el tiempo es siempre ahora, cada palabra que decimos, cada vibración que emitimos, es para siempre.
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