Las crisis son como una tormenta. Más que una tormenta. Todo se agita, se bate, se revuelve. Hay fuegos, rayos, destrucción.
Por otro lado, también hay claridad. Hay de a momentos, por lapsos muy breves, un rayo de sol que intenta asomarse. Esa pequeña luz que se quiere despertar de entre el revuelo y el caos.
Las crisis y las tormentas son eso que revuelve, que limpia, que sacude, que hace que las piezas se rocen y se pulan limando las asperezas, rompiendo los contrastes. Sonoramente hay chillidos, alaridos, aullidos, agudos muy punzantes, torsión. Desgarre.
Y después, tan solo con esperar, contemplar y permanecer atentos, ese rayo de sol se expande, se extiende, se esparce e irradia paz y claridad.
El silencio acompaña a la luz y también se siente una leve brisa, de aire fresco, de renovación, de libertad, liberación.
Y ahí nomás se sientan las almas sobrevivientes a meditar a primera hora de la mañana, a sentir el agua abriéndose paso entre las piedras y corriendo por las venas.
Todo vuelve a estar quieto, a crecer. Todo se ilumina y se recupera ese aspecto de perfección con que fluyen los sucesos.
Ya no hay recesos, todo parte de los sesos. Con la paz que nos invade hasta los huesos, y nosotros que decimos "Sigamos adelante que con el alma limpia nuestros actos van a generar buenos sucesos".
Que vivan los magos.
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