Desde que soy adolescente y empecé a intentarlo, siempre pensé que amar o aprender a amar a alguien es una experiencia traumática.
Por un lado creo que a veces queremos tanto que alguien nos ame, que lo que hacemos es cerrar los ojos y suprimir todo aquello que no nos gusta. Es como una ceguera inicial que garantiza el enamoramiento.
Por otro lado siento que amar de verdad es un proceso que inevitablemente nos obliga a vulnerarnos y a dejar que alguien de afuera, se acomode en nuestro corazón. Es algo así como invitar a alguien a vivir a casa.
Todo el que haya pasado por este proceso, o el de crear un hogar conjuntamente con alguien, sabe que la con_vivencia es uno de los desafíos más grandes de una pareja.
Más allá de esto, también aprendí que amar (al igual que otras tantas actividades) implica sostener. Implica poner en marcha un dar y recibir sutilmente delicado, en donde los amantes se convierten en apostadores y lo que se apuesta es corazón.
Apuesta va, apuesta viene, si los dos van ganando, el amor se sostiene.
Hay amores chiquitos en donde lo que fluye es solo un arroyo, y hay amores acaudalados que llevan un torrente.
Creo que hay tantas formas de amar como personas sobre el planeta. Te invito a probar, a apostar. Seguir intentando amar, a mí me permite aprender a amarme, y aunque me contradigan, yo se que el amor propio, es el primer amor.
Si te amas, podés amar, y a veces para amarte hace falta que otro te muestre como.
¿Lo intentamos?
Que vivan los magos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario